¿A qué no necesito más palabras?
¿A qué no necesito más palabras?
Trabajo. Ni sin él, ni con él. Todos (casi todos) lo necesitamos, pero pocos disfrutan con él. Ya estoy en una edad en la que el trabajo se convierte en una carga para muchos de nosotros (empezamos a estar “quemados”, tanto de tenerlo como de no tenerlo, que en el INEM hay más gente apuntada de lo que parece). Cuando tienes responsabilidades que cubrir (hipotecas, hijos, …) ya no tienes tanta libertad para decir “ahí os quedais con ese sueldo asqueroso, y ese horario salvaje”.
Y encima, cuando conoces gente que vive en el extranjero (emigrantes modernos y cualificados de los que tanto exportamos últimamente), que trabajan con un horario envidiable, y gana fácilmente dos o tres veces más que tú, te planteas muchas cosas. ¿Por qué en españa quieren hacer el trabajo incompatible con la familia? Unas veces porque el sueldo no te da para alimentar a otra boca, otras veces porque llegando a casa a las 9 de la noche te planteas cómo se puede educar a un hijo así.
En fin, al menos un periódico gratuito (Qué) está dando un pequeño paso adelante denunciando en una serie de reportajes la situación. Enhorabuena y gracias.
Hoy hemos tenido que reiniciar un servidor Windows más de 10 veces. ¿El problema? Bueno, se podría decir que actualizaciones críticas mutuamente incompatibles. Pero también se podría decir que el problema es el mismo Windows…
Andando por mi barrio, he visto una fuente que tenía el agua verde. Supongo que el ayuntamiento habrá dicho que no se cambie el agua de las fuentes tan a menudo, o le han echado un producto para que dure más. No sé si sería mejor dejarla apagada. De todas formas, necesito que llueva, que estoy muy aburrido del calor (y asustado por que no llueva). Voy a tener que cantar más…
Ayer, cuando iba en el tren de madrugada (las 7:45 no se pueden calificar como otra cosa), me entretenía mirando a los compañeros de viaje. En mi vagón había de todo: la ejecutiva vestida con traje de chaqueta que sacó el portatil de la empresa (el wallpaper era corporativo) y no paró de leer y responder a los correos. También había otro “ejecutivo metrosexual” vestido de mmmh moderno ( también se podría decir que iba disfrazado de Toni Manero). Pero este solo intentaba batir su record personal en el solitario de Windows. Tambien se encontraban familias, una niña pequeña que iba (muy contenta) a Sevilla por primera vez, cicloturistas con la bici a cuestas,… de todo un poco.
Como os podeis dar cuenta, se me acabó la lectura a mitad de camino…
¡Qué pesados son los viajes de negocio!
Cuando era (más) joven, suponían una aventura. Ahora reconozco que tan solo suponen volver a ir otra vez al mismo sitio, “invirtiendo” muchas horas de tu tiempo, porque los viajes parece que siempre tienes que hacerlos en “tu tiempo” y no en el de la empresa.
Y lloro con medio ojo, porque he tenido la suerte de no hacer excesivos viajes, y los que he hecho, han sido a sitios agradables. Pero a estas altura de la vida, un viaje de negocios pequeño y corto como el de ayer, me cansa. ¡Aunque aproveché para hacer fotos! (pude tener media hora libre) Pero eso es ya otro tema que comentaré con fotos.
Se acabó mi primera semana de trabajo en el nuevo sitio (si se le puede llamar semana a llegar un miércoles, tener el jueves de fiesta y volver a empezar el viernes). Casi ni me ha dado tiempo a asimilarlo, y de hecho, tampoco me han dejado, porque como siempre, los problemas llegan cuando llegan alguien nuevo y es a este último al que le toca solucionarlo. Pero no es una queja, sigo tan contento que ni me lo quiero creer. Ahora sólo falta que llueva.
Ah, y la semana que viene, un viajito a Sevilla a ver a mi jefe. Me llevaré la cámara, que tengo que hacerle el rodaje.
Estrenando mi nueva cámara, mientras le hacía fotos a la niña aunque era muy tarde (ya anochecía), esta gaviota pasó por encima nuestro, y aprovechando el zoom de la cámara, la pillé en su vuelta a casa.
Aún dura el perfume de la lluvia en el ambiente, me acabo de asomar a la calle por la ventana de mi nuevo despacho que da a la calle Sancha de Lara. A la derecha, puedo ver la calle Larios y la alameda principal, a la izquierda, veo la ventana de la casa donde nació mi padre y donde mi abuelo (al que debo mi nombre) tenía un taller de costura.